Por Eduardo Ortega

 

En ‘Graduación’ (Bacalaureat), del cineasta Cristian Mungiu (Rumania, 1968), Romeo Aldea (Adrian Titieni), un médico cincuentón, quien vive, junto con su esposa y su hija Eliza (Maria Drāgus), en un pequeño departamento de una unidad habitacional, como las que se pueden ver en cualquier ciudad en México, lo único que le importa, movido por sus propias frustraciones, es que su hija de 18 años, a toda costa, emigre a Reino Unido para estudiar psicología en una universidad que la ha becado.

Para ello, Eliza debe pasar los exámenes finales del bachillerato con excelente promedio, requisito indispensable para hacer efectiva la beca. Sin embargo, sufre un intento de violación por un desconocido en la calle, quien ha escapado, junto con un grupo de delincuentes, de prisión. Afectada por la agresión, es forzada por su padre para que presente el examen. Romeo está decidido no sólo a presionar a su hija, sino, sobre todo, a pedir favores y echar mano del influyentismo, quizá contrario a sus propias convicciones, con tal de que Eliza se aleje de la corrupción de su país y emigre a estudiar a Inglaterra.

Cristian Mungiu, quien antes de convertirse en cineasta fue maestro y periodista de radio y televisión, debutó con su ópera prima Occidente (2002), película con la que ganó el premio de la Quincena de realizadores en Cannes. Con ‘4 meses, 3 semanas y 2 días’, ganó, cinco años después, la Palma de Oro. ‘Graduación’, film descarnado sobre una sociedad carcomida por la corrupción, le valió el premio al mejor director en Cannes 2016.

En ‘Graduación’, la corrupción, más que un medio para escalar y conseguir lo que se quiere, está planteada como un laberinto moral que lleva a Romeo a un callejón sin salida, en una puesta en escena fiel y descarnada de la realidad, donde también se abordan problemáticas como la normalización de la violencia contra las mujeres, por ejemplo.

La película es un excelente retrato naturalista de la sociedad rumana, donde los corruptos, quizá como en nuestro país, no son quienes tienen que pagar los platos rotos de la normalización del no respeto a la ley, sino, por el contrario, quienes no avanzan porque, justamente, no transan. Quizá por ello la corrupción se trasmina como el agua. “Terminaste trabajando en una biblioteca porque eres muy honesta”, le dice Romeo a su esposa, con quien vive pero, desde hace tiempo, ya no tiene ningún tipo de relación. “Siempre supe que ser honesta tendría un precio”, responde la bibliotecaria.

Una excelente recomendación que podrá verse, a partir del 6 de julio próximo, en salas comerciales.