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Kill or be killed: despertar con ganas de matar y morir en el género de vigilantes

Por: VÍCTOR DE LUCIO

@elipsigrafo

Ficha.-

Título: Kill or be killed (números 1-10)

Editoria: Image Comics (2016-presente)

Autores: Ed Brubaker (w) Sean Phillips (d)

“El mundo es una mierda y todos lo sabemos, las noticias lo demuestran diariamente, las empresas están en control del gobierno, idiotas se enfrentan a balazos a cada rato, los terroristas atacan plazas públicas, la policía se dedica a matar a jóvenes negros sin recibir castigo, psicópatas se postulan a la presidencia”. Esas son las ideas con las que se presenta Dylan Cross, protagonista y narrador en el cómic Kill or be killed.

Los autores, el escritor Ed Brubaker y el dibujante Sean Phillips han hecho mancuerna anteriormente en títulos como Criminal, The Fade Out y Fatale, todos estos dentro del género noir (de “novela negra”), mezclando historias y personajes que van de detectives, policías, criminales, guionistas perseguidos por el macartismo y seres sobrenaturales de inspiración lovecraftiana, hasta personas tan de la vida común como un perro amarillo.

En Kill or be killed el personaje de Dylan es un joven mediocre; estudiante rezagado y relegado socialmente; consumidor de narcóticos a los que llama medicamentos y a los que se hizo adicto luego de su primer intento de suicidio; su mejor amiga e interés romántico. Kira, se ha hecho novia de su roomate, Mason, y tiene que soportar en silencio su magreo cotidiano dentro del mismo departamento. Pero no se trata de una historia de autodestrucción pesimista, sino que más bien se encuentra dentro del que podría llamarse género de venganza.

En mayor o en menor medida, el género de venganza presenta a un vengador, justiciero o vigilante asesino, una persona que toma la justicia en sus manos sin contar con una credencial de violencia legítima, y lo hace ante la percepción de que las autoridades no realizan una labor adecuada.

De la mano del vengador, este género muestra (subraya) un contexto específico: una ciudad con alta criminalidad, instituciones corruptas, suciedad, miedo generalizado, sobrepoblación (presencia de diversas etnias en conflicto), dominio social de grupos criminales; y al mismo tiempo la ausencia de una reflexión profunda sobre las causas de dicha situación, sustituida por la dignificación a ultranza de los valores sociales comunes y el enaltecimiento del justiciero como defensor de estos, a un nivel de cuasi héroe.

Ejemplos del género abundan, destacando la novela Death Wish (Garfield, 1972) y la película del mismo nombre inspirada en aquella (Winner, 1974), así como en el cómic se tiene a uno de los más grandes representantes de esta índole en The Punisher (Conway y Romita Sr., 1974) que también ha generado unas cuatro adaptaciones a la pantalla grande y chica. El mismo Brubaker ha reconocido a Death Wish como una referencia un tanto obvia para su cómic, al mismo tiempo que ha integrado (como en sus títulos anteriores) una sección para publicar ensayos sobre el género, películas y otras referencias principalmente de la mano de Devin Faraci y Kim Morgan.

Dylan cuenta cómo si vida mediocre continua sin cambios, hasta que el aparente desdén de Kira lo lleva a su segundo intento de suicidio; una vez más sobrevive y apenas se está haciendo a la idea de que puede apreciar su vida, cuando se le aparece un demonio de sombras que le lee la cartilla: nada es gratis, tampoco las segundas oportunidades y su costo será cobrado bajo la moneda de vidas humanas, de criminales específicamente: matar o morir. Dylan debe asesinar criminales o de lo contrario enfermará y morirá.

El demonio de sombras se asemeja un tanto a un Tyler Durden de Fight Club (Palahniuk, 1996), más que a un ente sobrenatural, precisamente para presentar un juego, ante el lector, de ambigüedades que van de la posibilidad de encontrarse en el género fantástico (al estilo ya explorado por Brubaker en Fatale, 2012), a la probabilidad de una psicosis o la combinación de ambas (en lo que va de la historia aún no se ha descartado alguna).

A pesar de lo pintoresco que pudiera parecer en un principio, la presencia del demonio es un tanto desafortunada para el relato pues rompe un elemento no imprescindible pero sí emblemático del género: el libre albedrío del vengador, que se encuentra mezclado con el reclamo clasemediero de “hacer justicia” como respuesta al resentimiento social, como lo expresa Faraci en uno de sus ensayos dentro del cómic.

La coerción del demonio suplanta el libre albedrío de Dylan, la decisión de convertirse en vigilante y, por lo tanto, rompe también con la idea de que el mundo está mal y debe ser reparado mediante acciones; convierte al protagonista en un proveedor de asesinatos, en un zombie.

En este mismo sentido, Dylan no se encuentra en una cruzada personal ni moral, no busca una venganza en específico ni reivindicación social, como Batman que se entrega de por vida a vengar a sus padres o The Punisher a su familia. Dylan se conforma con atacar criminales que se encuentra por accidente o que va googleando en el camino y, poco después de que la duda le genera remordimiento, los medios de comunicación le muestran una vindicación o justificación a sus actos, el destino (otra oposición al libre albedrío) le muestra que ha hecho lo correcto al deshacerse de criminales con una maldad mayor a la aparente; incluso Brubaker muestra las costuras de su personaje cuando busca respaldar a su personaje con un monólogo sobre el Synchronizität de Carl Jung: todo sucede por algo.

Kill or be killed aun no termina (apenas lleva su primera docena de capítulos), pero ya se asoma una discusión sobre el género y su trama misma: ¿cómo distinguir quién es el malo de la historia, el criminal o el justiciero? Faraci comienza a plantearlo de una manera sencilla y contundente: los criminales no se ven a sí mismos como criminales, tienen otra visión del mundo y de cómo justificar sus acciones y, en ese sentido, todos podemos ser los villanos en la vida de alguien más sin siquiera estar enterados.

Fuera del ámbito legal y del maniqueísmo tradicional (del axioma el bien contra el mal), en Kill or be killed o no existen los malvados o bien el vengador se convierte en otro criminal que debe ser castigado; un tanto el dilema ya presentado en otras historias, como la película Wanted (Bekmambetov, 2008).

Kill or be killed es un tanto engañoso, su lectura como cómic mensual es sencilla, pero encierra más elementos de los que una sola pasada podría arrojar; parte de ello es la compañía de los textos estilo ensayo-epilogal de cada capítulo que proveen Faraci y Morgan (mucho mejores los de Faraci). El estilo de Sean Phillips nuevamente encaja a la perfección con la trama ideada por Brubaker: privilegia las sombras y el uso de líneas gruesas negras (espacio negativo) acentuando las expresiones de los personajes y de los escenarios urbanos. Falta ver cómo evoluciona la historia en adelante.

Reseña: Hermosa “2049” rompe el encanto de “Blade Runner” 

Por JAKE COYLE

“Todos buscamos algo real”, dice la capitana de policía interpretada por Robin Wright en “Blade Runner 2049”.

Wright, una actriz dura y fría como el acero que parece haber surgido del mundo de “Blade Runner”, le está hablando a su detective replicante KDC-3-7, o “K” (Ryan Gosling). Pero el diálogo resuena más allá de la realidad robótica de “Blade Runner”. ¿Qué cinéfilo contemporáneo no estaría de acuerdo?

La cinta original de 1982 dirigida por Ridley Scott es una historia de ciencia ficción y suspenso surgida de la aterradora premisa de la novela de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, sobre el horror de no saber si eres o no real. Sus superficies engominadas y el sintetizador de la música de Vangelis, sin mencionar el cabello de Daryl Hannah y algunas hombreras enormes, hicieron de “Blade Runner” un retrato eléctrico de la falta de alma de los 80. Su grandeza futurista venía con un gesto de desdén cínico.

Denis Villeneuve desarrolló una secuela profundamente respetuosa, que sucede 30 años después y que preserva gran parte de su ADN original. La fotografía de Roger Deakins es definitivamente hermosa, llena de líneas perpendiculares, destellos naranja y manchas de luz amarilla. Gosling es un merecedor heredero de Harrison Ford y comparte la inclinación de su predecesor por el control y la superficialidad.

Pero a pesar de que “Blade Runner 2049″ es algo que vale la pena ver, un guion demasiado elaborado y otros pocos malos hábitos comunes en las secuelas de hoy, como la promoción productos y marcas, rompen el encanto de “Blade Runner”.

Sería demasiado duro calificar a “2049” contra la original, en especial cuando hay tantos imitadores que han diluido su atractivo distópico. Pero a pesar de que “2049” todavía se destaca del montón, carece del misterio de la primera (o por lo menos de la edición del director). Este modelo actualizado, con una actitud menos punk, pretende atar cabos e iluminar fondos que quedaron a oscuras en la original.

Hay indicios, uno teme al ver “2049”, de que se está construyendo un “universo cinematográfico” con esta historia. Scott es productor en esta ocasión y también metió la cuchara en el desarrollo de la cinta junto con Hampton Fancher (quien escribió la película con Michael Green). Scott en vez se fue a dirigir “Alien: Covenant” pero parece haber cierto tejido conectivo entre ambas franquicias. Ciertamente comparten referencias a la mitología de la creación e imágenes cristianas, junto con monólogos sobre ángeles y demonios (en el caso de “2049” presentados por Jared Leto en el papel del visionario de ojos locos Al).

En general la nueva entrega se aleja de lo que es, en esencia, una buena historia de detectives. Al igual que el Rick Deckard de Ford, K es un Blade Runner en busca de replicantes obsoletos para “retirarlos”. Pero mientras la identidad de Deckard estaba disponible, según a quién se le preguntara, K es definitivamente un replicante. Es sometido a interrogatorio después de cada misión para establecer que no ha comenzado a desarrollar sentimientos. Por ejemplo, le preguntan cómo se siente cuando abraza a un bebé. La respuesta correcta: “interconectado”.

Poco de Gosling sugiere que sea un androide. En lo personal prefiero a su detective vivo y suelto de “The Nice Guys” (“Dos tipos peligrosos”), pero su naturaleza entra en juego en la película. Estamos convencidos de que K es algo más, especialmente cuando, durante una misión, se tropieza con los restos de una mujer replicante que al parecer murió al dar a luz.

De acuerdo con el personaje de Wright, la reproducción de los replicantes “acabará con el mundo”. Los humanos ya no tendrán el control sobre la fuerza laboral barata y desechable, por lo que surgiría una rebelión. Si “Blade Runner” era la pesadilla de no tener alma, “2049” es el sueño de ser real, con un Pinocho vestido de cuero en un auto volador. La búsqueda del niño de hace 20 años lleva a K a lugares extraños.

Las dudas sobre la autenticidad aparecen en otros lados también. La única compañera de K es una mujer digital llamada Joi (Ana de Armas), un holograma anunciado como “lo que sea tu fantasía”. Él empieza a creer en su relación, solo para desilusionarse ante un anuncio publicitario de Joi. A K le recuerdan una y otra vez que cualquier sentimiento de peculiaridad es imaginario o un ardid de mercadotecnia.

Esa es una pregunta que se hace la película de Villeneuve cuando un holograma de Elvis canta mientras hay una pelea en un salón en Las Vegas. El mismo Harrison Ford está ahí físicamente, pero viene de una franquicia de “Star Wars” que ha revivido a actores, incluso a actores muertos, en versiones digitales más jóvenes.

“Blade Runner 2049″ reflexiona discretamente sobre su propia existencia entre las cintas taquilleras de la actualidad: ¿puede una película de replicantes ser real?

Hay muchas cosas agradables en “2049”, pero al igual que “Alien: Covenant” se siente demasiado cautivada por su perfume embriagador. Hasta el “Pálido fuego” de Nabokov tiene un cameo. Quizá “Blade Runner” tenía complejidades a flor de piel, pero es difícil estar en desacuerdo con el personaje de Ford cuando le dice a K: “Alguna vez hice tu trabajo y entonces era más simple”.

“Blade Runner 2049” de Warner Bros. tiene una calificación R, que requiere que los menores de 17 años vayan acompañados de un adulto, por algunas escenas de violencia, sexo, desnudos y lenguaje soez. La AP le da dos estrellas y media de cuatro.  (AP)

Reseña: Tom Cruise logra convencer en “American Made”

Por JAKE COYLE

Existen básicamente dos tipos de actuación de Tom Cruise y ambos parecen bastante similares en la superficie. En los dos hay gafas de sol, velocidad y sonrisas.

En los dos tampoco pierde la adrenalina, eso sería impensable en el mundo Cruise.

Pero casi todas las actuaciones más interesantes de Cruise (“Magnolia”, ”Jerry Maguire”, ”Collateral”, ”Eyes Wide Shut”) han permitido alguna falla en ese bronceado cuerpo musculoso, algún toque de oscuridad debajo del elegante boyscout, un poco de vacío en el alma de este astro estadounidense de películas de acción que parece eternamente joven.

La más reciente cinta de Cruise es la inteligente y alegre “American Made”, una cinta que se parece bastante a las películas de gran presupuesto de Cruise, antes de trastocar todo y dejar paso para la cinta menos seria de Cruise que nos había faltado.

Considerando esto, resulta ser un vehículo muy bueno para el actor, con el que regresa a una cabina de avión 31 años después de “Top Gun”, y nos recuerda simultáneamente de su carisma natural de actor de cine al tiempo que lo deconstruye sutilmente.

Doug Liman, el director de “American Made”, ha demostrado tener un talento raro para unir a actores súper famosos en caleidoscopios cinéticos.

Lo hizo con Brad Pitt y Angelina Jolie en “Mr. & Mrs. Smith”, con Matt Damon en “Bourne Identity” y en su más reciente película con Cruise, “Edge of Tomorrow”, una historia de ciencia ficción de comprobó esta máxima: No se puede matar a Cruise.

En “American Made”, una historia vagamente apegada a la verdad que se desarrolla a finales de los 70 y comienzos de los 80, Cruise interpreta a Barry Seal, un piloto de la extinta aerolínea TWA cuyo contrabando de puros cubanos llama la atención de la CIA.

Un policía llamado Shafer (Domhnall Gleeson) se acerca a él y le ofrece un trabajo en el que tomará fotos para inteligencia y hará pagos a personas como el dictador panameño Manuel Noriega. “Estamos construyendo países ahí abajo”, dice Shafer embelesado.

Seal, viendo su avión y dispuesto a apagar para siempre el botón de “autopiloto”, aprovecha la oportunidad y no deja de tentar su buena suerte. “Tiendo a decir que sí antes de ver las cosas”, dice en un diario en video que aparece ocasionalmente en la película. “Quizá debí hacer más preguntas”.

Despreocupado, casi encantadoramente ignorante de los peligros y del terreno de cuestionable ética en el que se está metiendo, Seal empieza pronto a traficar enormes cantidades de cocaína de regreso a Arkansas para el Cartel de Medellín encabezado por Pablo Escobar.

Las cosas se ponen difíciles rápidamente a ambos lados de la ley. Seal y su familia (incluyendo a su esposa interpretada por Sarah Wright Olsen), tienen más dinero del que pueden gastar.

Se quedan sin armarios o agujeros en el jardín para esconder el dinero que les llega.

Las misiones de la CIA se vuelven más audaces también.

Seal se convierte en exportador clandestino de AK-47 para los Contras nicaragüenses, mismos que transporta a Arkansas para que reciban entrenamiento en una base militar. Seal los saluda relajado: “¡Hola, amigos!”.

Todo se convierte en un ciclo cada vez más absurdo de drogas, armas y dinero supuestamente para luchar contra “los enemigos de la democracia”.

Las ironías también son grandes, y llegan a su máximo cuando Nancy Reagan impulsa la guerra contra las drogas y pide a la gente decir “no”, mientras los esfuerzos de su esposo para armar en secreto a guerrilleros impulsan a uno de los carteles más poderosos del mundo.

Al igual que varias películas recientes como “War Dogs” y “War Machine”, ”American Made” es una farsa a las ambiciones internacionales de Estados Unidos salidas de control.

Aquí se presentan los resultados cómicos y a menor escala de políticas mal ideadas desde la parte más alta del comando.

Por cierto que presidentes como Jimmy Carter y el gobernador de Arkansas Bill Clinton tienen cameos en “American Made”.

La cinta es un homenaje y una burla al oportunismo estadounidense ante las decisiones despreocupadas de políticos, que tan fácil y tan apabullantemente benefician (hasta cierto punto) a un piloto que busca emociones extremas y no puede decir que no.

El punto álgido llega cuando Seal, que escapa de la DEA, aterriza de emergencia en un suburbio y escapa en la bicicleta de un niño, todo mientras está bañado en cocaína. Por fin un método diferente y raro de escape para Cruise.

“American Made”, escrita por Gary Spinelli, ha embellecido la historia, por supuesto. La vida de Seal no fue tan brillante como la interpreta Cruise.

Pero de todas formas ¿cuál vida lo es?

“American Made”, de Universal Pictures, tiene una clasificación R (requiere que los menores de 17 años vayan acompañados por un tutor en Estados Unidos), por “su lenguaje así como algunas escenas sexuales y desnudos”.

La calificamos con tres estrellas de cuatro. (AP)

Reseña: “Kingsman: The Golden Circle” padece de secuelitis

Por MARK KENNEDY

En la primera película sobre un grupo de espías secretos conocido como Kingsman, aprendimos que van bien vestidos y arreglados. En la segunda película hay un toque diferente, un poco más desesperado.

“Kingsman: The Golden Circle” llega tres años después de la primera entrega de la serie dirigida por Matthew Vaughn pero prepara mal el terreno para la tercera película. La nueva cinta es una historia demasiado larga y elaborada y carece de la emoción de su predecesora. Ni siquiera un raro cameo de Elton John, con todo y sus plumas y joyas, puede salvarla.

Por si alguien necesita un recordatorio, las películas de Kingsman están basadas en una serie de comics de Mark Millar y Dave Gibbons sobre un grupo de élite de espías británicos que combina su amor por los trajes hechos a la medida con la letalidad de James Bond. Se divierten en una sastrería de Saville Row, toman té, pueden usar dispositivos como los del agente 007 y salvar el mundo en secreto.

La primera entrega presentó a Eggsy (Taron Egerton), un chico de clase trabajadora y potencial recluta que es defendido por el líder de los Kingsman, Colin Firth, pese a su rudeza y su mala educación. Demostró su entereza al frustrar un plan diabólico ideado por un millonario empresario del internet interpretado por Samuel L. Jackson.

El encanto de la primera película yacía en que hacía homenaje a las películas de espías al tiempo que se burlaba de ellas. Tenía un extraño sentido del humor autoconsciente, además de secuencias de acción absolutamente sorprendentes: cámaras que daban giros de 360 grados, atractivas tomas en cámara lenta y coreografías de combate acrobáticas. El humor se desgastó en la segunda, incluso pese a la espectacular cinematografía. La música es muy buena también, desde “Let’s Go Crazy” de Prince a “Take Me Home, Country Roads” de John Denver como un emocionante himno.

En la secuela, la sede de los Kingsman está bajo ataque y los sobrevivientes se ven obligados a escapar con sus lejanos primos estadounidenses, Statesman, una agencia de espionaje similar escondida en una destiladora de whisky en Kentucky. Firth está de regreso y se le extraña mucho como líder de los Kingsman. El problema es que lo vimos morir en la primera película y el que resucite en la segunda no es convincente.

El fuerte Egerton y el excelente Mark Strong regresan como Kingsmen, mientras que Julianne Moore asume el papel de villana como una narcotraficante a la que le encantan las cenas a la antigua. Demuestra ser deliciosamente exagerada en su ferocidad controlada. Si te cruzas con ella terminarás en una moledora de carne y ¡podría comerte en una hamburguesa!

Del lado de los yanquis, Channing Tatum se suma como un atractivo visual, pero no está en la mayor parte de la película. Halle Berry, en tanto, luce tan apagada que parece estar en otro proyecto por completo, uno silencioso e introspectivo.

Puede que Jeff Bridges, como líder del equipo estadounidense, haya firmado contrato tan solo por el whisky. Pedro Pascal, con sombrero de vaquero y bigote, interpreta su papel de espía misógino como si fuera un miembro de “Anchorman”. Y ya que hablamos del elenco, ¿por qué hay tantos perros en la película? DEMASIADOS perros: cachorros, perros viejos, de peluche e incluso robóticos.

Si para la primera cinta logró su encanto al demostrar que la crianza no determina la gallardía, a la segunda película le falta esa premisa. La división de estilos entre espías estadounidenses y británicos es rápidamente abandonada y por momentos un duro debate sobre la guerra contra las drogas lleva el filme en una dirección más oscura.

Elton John le da la necesitada dosis de ligereza como un rehén obligado a entretener a sus captores, quienes usan unos feroces perros robot llamados Bennie y Jet. Su canción “Saturday Night’s Alright (For Fighting)” se usa a la perfección durante una agradable secuencia de pelea.

Pero en general esta secuela sufre de secuelitis, una película de gran presupuesto que va de las montañas italianas a la jungla camboyana pero sin la chispa de su predecesora. Los mejores momentos son cuando rinde homenaje a la primera película. Los peores cuando se toma demasiado en serio a sí misma y cae en la trampa de las cintas de espías a las que trata de parodiar.

Pero para ser honestos, al tratarse de una película que se basa en el proverbio que dice que “los modales hacen al hombre”, pero podemos decir: “Mala suerte, viejos trucos. Mejor suerte para la próxima”.

“Kingsman: The Golden Circle” de Twentieth Century Fox tiene una clasificación R en Estados Unidos, que requiere que los menores de 17 años vayan acompañados de un adulto, por su lenguaje y escenas violentas. The Associated Press le otorga dos estrellas de cuatro. (AP)

Reseña: “Hitman’s Bodyguard”, un divertido escape de acción

SANDY COHEN

No hay muchas cosas nuevas en “The Hitman’s Bodyguard”. Para empezar, su premisa sobre una pareja dispareja es el material clásico de las películas de cómplices.

Sus protagonistas Ryan Reynolds y Samuel L. Jackson interpretan a sus personajes típicos: Reynolds como el apuesto bonachón, Jackson como el imperturbable machote cuya palabra favorita es una grosería. Y como muchos héroes de cintas del pasado, tienen la misión de derrocar a un dictador despiadado.

Pero ese mismo marco familiar es lo que hace que esta película llena de acción cargada con disparos, persecuciones en auto, peleas a puño limpio e intriga internacional sea una delicia que permite dejar atrás el caos de la realidad y sumergirse en un mundo donde los malos reciben su merecido y Jackson canta espontáneamente. (De hecho canta tres veces en la película: una vez en italiano, ¡con monjas! Además de su propio tema plagado de groserías).

Por si fuera poco hay una trama secundaria romántica.

Reynolds interpreta a Michael Bryce, un hombre impecablemente arreglado y altamente reactivo con personalidad tipo A que trabaja en “protección ejecutiva”, proporcionando servicios de guardaespaldas para personas de muy dudosa reputación. Su carrera e imagen pulida caen en picada luego que un traficante de armas al que protegía muere baleado por un francotirador. Bryce culpa a su exnovia Amelia (Elodie Yung), detective de la Interpol, por el error, pues cree que ella filtró información a las autoridades.

Un par de años después Amelia es designada para transportar a un famoso matón llamado Darius Kincaid (Jackson) a la Corte Penal Internacional, donde será el único testigo contra el asesino dictador bielorruso Vladislav Dukhovich (Gary Oldman en una interpretación perfecta). Dukhovich despliega a su ejército para apoderarse de su convoy y eliminar a Kincaid, quien prometió presentar su testimonio a cambio de la liberación de su esposa Sonia (Salma Hayek), quien está en la cárcel.

Desesperada y con menos armamento, Amelia recurre a Bryce para pedir ayuda y le promete ayudar a restaurar su carrera si puede hacer que Kincaid llegue a La Haya seguro. Así es como estos dos polos se encuentran y surgen los roces entre ellos y con los malos de la película.

Cuando Bryce dice que está ahí para evitar que Kincaid sufra un daño, éste responde “yo soy el daño”.

Y lo demuestra al eliminar a malvados incluso cuando está esposado y al rebasar a una flota de autos blindados subido en una lancha por los canales de Ámsterdam. Jackson brilla en papeles como este y su actuación es tan a prueba de balas como el mismo Kincaid. A sus 68 años es un actor de acción tan emocionante como hace décadas. Quizá por eso no debe sorprender que hace sus propias escenas acrobáticas y que insistió en tener el control de la lancha él mismo.

El Kincaid de Jackson es además el viejo sabio de la historia y le da a Bryce consejos románticos mientras acaban con los secuaces de Dukhovich.

Reynolds ejercita sus músculos de superhéroe y Hayek ofrece su actuación más fogosa como una tabernera sin miedo a cortarle la carótida a un tipo con una botella rota.

El director Patrick Hughes (“The Expendables 3”) mantiene la acción fundada en la narración de la historia sin poner en peligro la emoción. La película es estruendosa y tiene varias explosiones que podrían hacer saltar al público de sus asientos, pero son las persecuciones en auto las que llevan a momentos épicos, especialmente en la escena de la lancha, en la que el personaje de Reynolds sigue el ritmo subido en una motocicleta.

El guionista Tom O’Connor mitiga la seriedad de la historia (el juicio de un tirano por crímenes de guerra contra su propio pueblo) con una ráfaga de diálogos cómicos y las emocionantes secuencias de acción, así como un toque dulce cuando queda claro que a Bryce y a Kincaid los mueve el amor.

Si tan solo las películas pudieran siempre lograr esto.

“The Hitman’s Bodyguard” de Lionsgate tiene una clasificación R en Estados Unidos, la cual requiere que los menores de 17 años vayan acompañados de un padre o representante adulto, por fuertes escenas de violencia y lenguaje inapropiado. The Associated Press le otorga tres estrellas de cuatro. (AP)

Reseña: “Logan Lucky” de seguro te hará sonreír


 

LINDSEY BAHR

“Logan Lucky” es una película que seguramente te gustará pero que tal vez no te encante.

En su gran regreso tras una pausa de cuatro años, Steven Soderbergh ha aprovechado al máximo su saco de trucos. ¿Película de ladrones? Listo. ¿Channing Tatum? Listo. ¿Metáforas no tan sutiles que se cuelan en historias sobre la condición de la clase trabajadora? Listo. ¿Compinches aletargados pero confiables? Listo, listo, listo.

Pero esto no significa que “Logan Lucky” no tenga nada nuevo que ofrecer. Simplemente se siente tan familiar, que podría irritar a algunos y hacer sentir a otros como en casa.

El escenario es Virginia Occidental, donde Jimmy Logan (Tatum) acaba de ser despedido de su trabajo en una mina de carbón porque uno de sus jefes lo descubrió cojeando. Como si fuera un primo lejano de Magic Mike, que complementaba su escaso trabajo en la construcción bailando en un club desnudista, Jimmy Logan es el otro Sueño Americano hecho pedazos: alguna vez fue un astro del fútbol estadounidense y tenía un futuro prometedor; ahora está en el mismo lugar donde comenzó, pero peor. Tiene una hija pequeña, Sadie (la adorable Farrah Mackenzie), y una exesposa (Katie Holmes) que lo dejó por un hombre de clase media (David Denman) y que podría mudarse a otro estado muy pronto.

Su hermano, Clyde Logan (Adam Driver), es un cantinero que habla lento y que perdió uno de sus brazos rindiendo servicio en Irak, pero que todavía puede hacer un buen martini cuando un arrogante patrocinador de la NASCAR interpretado por Seth MacFarlane lo reta. Y su hermana, Mellie Logan (Riley Keough), es una peluquera práctica que usa uñas de acrílico, maneja un auto sincrónico y no tiene tiempo para lidiar con personas pretenciosas como el nuevo esposo de su excuñada.

Los Logan, sencillamente, no tienen mucho espacio para la acción, por eso deciden pasarle factura a las instituciones que no comparten la riqueza con aquellos que las han apoyado. Su plan es interceptar el efectivo de una gran carrera de NASCAR.

Consiguen ayuda de un preso experto en demoliciones, Joe Bang (Daniel Craig, en un papel muy cómico) y sus hermanos simplones pero astutos Fish (Jack Quaid) y Sam (Brian Gleeson), quienes dicen cosas como que “saben todo lo que hay que saber acerca de computadoras” mientras juegan a lanzar herraduras, sólo que en vez de herraduras usan asientos de retrete.

Sobra decir que esta no es una versión muy realista del mundo de los mineros de carbón o de los aficionados a la NASCAR. Tampoco es una comedia total al estilo de “Talladega Nights: The Ballad of Ricky Bobby”. En vez, es una mezcla interesante de ambos, más cercana a “The Big Short” de Adam McKay, pero mucho más tonta.

“Logan Lucky” presenta a trabajadores de organizaciones benéficas atendiendo a residentes pobres de Virginia Occidental junto a un MacFarlane con una peluca de Rick James haciendo un acento británico.

Podría decirse que, pese a su salvajismo, “Magic Mike” fue hecha con seriedad y era algo más que una historia de desnudistas. “Logan Lucky”, a pesar de todo su comentario social, es un poco más trivial.

Y a diferencia de “Magic Mike”, nunca se siente realmente que sea sobre la gente que retrata; es más bien superficial. Da la sensación de que uno está viendo estrellas de cine que simplemente juegan a actuar como campiranos.

Es un artilugio, aun así agradable, que se prolonga demasiado con tangentes que no pueden sostener la energía de, por ejemplo, cualquiera de sus películas de “Ocean’s”.

Pero dejando de lado las fallas, es una buena película de ladrones y seguramente dejará al público con una sonrisa. Deberíamos estar agradecidos de que Soderbergh esté de regreso y esperamos que esta vez sea para siempre.

“Logan Lucky” tiene una clasificación PG-13 en Estados Unidos, con material que podría ser inapropiado para menores de 13 años por algunas escenas con lenguaje soez y comentarios crudos. The Associated Press le otorga dos estrellas y media de cuatro. (AP)

Reseña: “Dunkerque” o el miedo que producen “Las Sirenas de la Muerte”

* El filme de Christopher Nolan frisa lo magistral

Por Eduardo Ortega

Más que sólo una película del género bélico, “Dunkerque”, dirigida por el cineasta británico Christopher Nolan (“Memento”, 2000; la trilogía “The Dark Knight” 2005–2012; e “Interstellar” 2014), es, fundamentalmente, una película sobre la sobrevivencia, narrada, sin las artimañas de sus anteriores películas, y, a mi parecer, con suspenso y la precisión de un relojero suizo:

En junio de 1940, las columnas acorazadas alemanas, apoyadas desde el aire por los bombarderos “Stuka”, mejor conocidos como “Las Sirenas de la Muerte”, arrinconaron a las Fuerzas aliadas en Dunkerque, Francia. Pese a los embates de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, entre 700 y 800 botes y barcos civiles, organizados por el gobierno inglés dado que las grandes embarcaciones podían encallar por su tamaño, llegaron a las playas de Dunkerque para transportar a Inglaterra 335 mil soldados franceses, belgas y, en su mayoría, ingleses, gracias a que los alemanes se abstuvieron de dar “el golpe de gracia”, por razones que todavía hoy se discuten.

Casi sin diálogos, “Dunkerque” es un terno fílmico que, al confluir, no sólo frisa lo magistral, sino, sobre todo, los pelitos:

Con un obsesivo tic-tac de fondo de un viejo reloj de Nolan, un diseño de audio que parece que te va a alcanzar una bala y una banda sonora de Hans Zimmer con escalas que ascienden y descienden al infinito, vemos tres líneas temporales:

Narra lo ocurrido, primero, al soldado británico Tommy (Fionn Whitehead), quien con Gibson (Aneurin Barnard) y Alex (Harry Style), busca sobrevivir durante una semana en el muelle antes de que los soldados sean evacuados de Dunkerque; al dueño de una embarcación, el señor Dawson (Mark Rylance), junto con uno de sus hijos, Peter (Tom Glynn-Carney), y su ayudante George (Barry Keoghan), busca rescatar soldados del lado francés un día en el mar antes de que los barcos civiles zarpen de Inglaterra e inicie la evacuación; y a los pilotos Farrier (Tom Hardy) y Collins (Jack Lowden), quienes a bordo cada uno de un “Spitfire”, “que usan motores Rolls-Royce”, buscan durante una hora de batalla en el aire mantener a “Las Sirenas de la Muerte” lejos de las embarcaciones civiles antes del inicio de la evacuación de los soldados:

Aunque no pareciera, la estructura utilizada por Nolan en “Dunkerque” es más sencilla que en anteriores películas como “Memento”, “Inception” o “Interstellar”, en las que jugó con la analepsis y la prolepsis, hasta poner casi en juego su credibilidad, porque, en el fondo, está de por medio el tema de sus obsesiones: el tiempo.

En ese sentido, la diferencia con sus trabajos anteriores es que hasta ahora había hecho parecer a sus cintas más profundas y complejas de lo que en realidad son: “Dunkerque”, con un guion de sólo 76 páginas y un metraje de sólo 106 minutos, en cambio, se caracteriza por su minimalismo impresionista. Ahí su virtud.

En “Dunkerque”, los “Stuka” hacen chirriar sus “Sirenas de la Muerte” y las balas de la Luftwaffe rechiflan en las espaldas de los aliados. Sin embargo, no sólo nunca se muestra un nazi, sino que tampoco se pronuncia esa palabra. La amenaza acecha en las sombras. El enemigo no se ve, pero se siente. Cualquier esvástica ha sido sustituida por el efecto psicológico, por ejemplo, que buscaban los alemanes con el chirriar de los “Stuka”. Así sonaban sus sirenas.

Fotografiada por Hoyte van Hoytem, con quien Nolan realiza su segunda colaboración tras “Interstellar”, “Dunkerque” fue filmada aproximadamente el 70 por ciento con cámaras Imax y el resto con cámaras de 65 milímetros de Panavision, lo cual le da a la cinta tanto un mayor realismo, como le ayuda a mantener la apariencia impresionista de la película:

Cuando uno de los soldados logra, finalmente, volver a casa, después de un elegíaco viaje, un hombre, que no quiere mirar a nadie a los ojos, lo recibe con un lacónico “Bien hecho”. “Pero todo lo que hicimos fue sobrevivir”, responde. “Eso es suficiente”. Para sobrevivir, sin embargo, hubo que hacer cualquier cosa, aunque los soldados no estuvieran de acuerdo, lo cual, los llena de amargura de esa verdad que les pesará hasta el fin de sus días.