Kill or be killed: despertar con ganas de matar y morir en el género de vigilantes

Por: VÍCTOR DE LUCIO

@elipsigrafo

“El mundo es una mierda y todos lo sabemos, las noticias lo demuestran diariamente, las empresas están en control del gobierno, idiotas se enfrentan a balazos a cada rato, los terroristas atacan plazas públicas, la policía se dedica a matar a jóvenes negros sin recibir castigo, psicópatas se postulan a la presidencia”. Esas son las ideas con las que se presenta Dylan Cross, protagonista y narrador en el cómic Kill or be killed.

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Reseña: Hermosa “2049” rompe el encanto de “Blade Runner” 

Por JAKE COYLE

“Todos buscamos algo real”, dice la capitana de policía interpretada por Robin Wright en “Blade Runner 2049”.

Wright, una actriz dura y fría como el acero que parece haber surgido del mundo de “Blade Runner”, le está hablando a su detective replicante KDC-3-7, o “K” (Ryan Gosling). Pero el diálogo resuena más allá de la realidad robótica de “Blade Runner”. ¿Qué cinéfilo contemporáneo no estaría de acuerdo?

La cinta original de 1982 dirigida por Ridley Scott es una historia de ciencia ficción y suspenso surgida de la aterradora premisa de la novela de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, sobre el horror de no saber si eres o no real. Sus superficies engominadas y el sintetizador de la música de Vangelis, sin mencionar el cabello de Daryl Hannah y algunas hombreras enormes, hicieron de “Blade Runner” un retrato eléctrico de la falta de alma de los 80. Su grandeza futurista venía con un gesto de desdén cínico.

Denis Villeneuve desarrolló una secuela profundamente respetuosa, que sucede 30 años después y que preserva gran parte de su ADN original. La fotografía de Roger Deakins es definitivamente hermosa, llena de líneas perpendiculares, destellos naranja y manchas de luz amarilla. Gosling es un merecedor heredero de Harrison Ford y comparte la inclinación de su predecesor por el control y la superficialidad.

Pero a pesar de que “Blade Runner 2049″ es algo que vale la pena ver, un guion demasiado elaborado y otros pocos malos hábitos comunes en las secuelas de hoy, como la promoción productos y marcas, rompen el encanto de “Blade Runner”.

Sería demasiado duro calificar a “2049” contra la original, en especial cuando hay tantos imitadores que han diluido su atractivo distópico. Pero a pesar de que “2049” todavía se destaca del montón, carece del misterio de la primera (o por lo menos de la edición del director). Este modelo actualizado, con una actitud menos punk, pretende atar cabos e iluminar fondos que quedaron a oscuras en la original.

Hay indicios, uno teme al ver “2049”, de que se está construyendo un “universo cinematográfico” con esta historia. Scott es productor en esta ocasión y también metió la cuchara en el desarrollo de la cinta junto con Hampton Fancher (quien escribió la película con Michael Green). Scott en vez se fue a dirigir “Alien: Covenant” pero parece haber cierto tejido conectivo entre ambas franquicias. Ciertamente comparten referencias a la mitología de la creación e imágenes cristianas, junto con monólogos sobre ángeles y demonios (en el caso de “2049” presentados por Jared Leto en el papel del visionario de ojos locos Al).

En general la nueva entrega se aleja de lo que es, en esencia, una buena historia de detectives. Al igual que el Rick Deckard de Ford, K es un Blade Runner en busca de replicantes obsoletos para “retirarlos”. Pero mientras la identidad de Deckard estaba disponible, según a quién se le preguntara, K es definitivamente un replicante. Es sometido a interrogatorio después de cada misión para establecer que no ha comenzado a desarrollar sentimientos. Por ejemplo, le preguntan cómo se siente cuando abraza a un bebé. La respuesta correcta: “interconectado”.

Poco de Gosling sugiere que sea un androide. En lo personal prefiero a su detective vivo y suelto de “The Nice Guys” (“Dos tipos peligrosos”), pero su naturaleza entra en juego en la película. Estamos convencidos de que K es algo más, especialmente cuando, durante una misión, se tropieza con los restos de una mujer replicante que al parecer murió al dar a luz.

De acuerdo con el personaje de Wright, la reproducción de los replicantes “acabará con el mundo”. Los humanos ya no tendrán el control sobre la fuerza laboral barata y desechable, por lo que surgiría una rebelión. Si “Blade Runner” era la pesadilla de no tener alma, “2049” es el sueño de ser real, con un Pinocho vestido de cuero en un auto volador. La búsqueda del niño de hace 20 años lleva a K a lugares extraños.

Las dudas sobre la autenticidad aparecen en otros lados también. La única compañera de K es una mujer digital llamada Joi (Ana de Armas), un holograma anunciado como “lo que sea tu fantasía”. Él empieza a creer en su relación, solo para desilusionarse ante un anuncio publicitario de Joi. A K le recuerdan una y otra vez que cualquier sentimiento de peculiaridad es imaginario o un ardid de mercadotecnia.

Esa es una pregunta que se hace la película de Villeneuve cuando un holograma de Elvis canta mientras hay una pelea en un salón en Las Vegas. El mismo Harrison Ford está ahí físicamente, pero viene de una franquicia de “Star Wars” que ha revivido a actores, incluso a actores muertos, en versiones digitales más jóvenes.

“Blade Runner 2049″ reflexiona discretamente sobre su propia existencia entre las cintas taquilleras de la actualidad: ¿puede una película de replicantes ser real?

Hay muchas cosas agradables en “2049”, pero al igual que “Alien: Covenant” se siente demasiado cautivada por su perfume embriagador. Hasta el “Pálido fuego” de Nabokov tiene un cameo. Quizá “Blade Runner” tenía complejidades a flor de piel, pero es difícil estar en desacuerdo con el personaje de Ford cuando le dice a K: “Alguna vez hice tu trabajo y entonces era más simple”.

“Blade Runner 2049” de Warner Bros. tiene una calificación R, que requiere que los menores de 17 años vayan acompañados de un adulto, por algunas escenas de violencia, sexo, desnudos y lenguaje soez. La AP le da dos estrellas y media de cuatro.  (AP)

Reseña: Tom Cruise logra convencer en “American Made”

Por JAKE COYLE

Existen básicamente dos tipos de actuación de Tom Cruise y ambos parecen bastante similares en la superficie. En los dos hay gafas de sol, velocidad y sonrisas.

En los dos tampoco pierde la adrenalina, eso sería impensable en el mundo Cruise.

Pero casi todas las actuaciones más interesantes de Cruise (“Magnolia”, ”Jerry Maguire”, ”Collateral”, ”Eyes Wide Shut”) han permitido alguna falla en ese bronceado cuerpo musculoso, algún toque de oscuridad debajo del elegante boyscout, un poco de vacío en el alma de este astro estadounidense de películas de acción que parece eternamente joven.

La más reciente cinta de Cruise es la inteligente y alegre “American Made”, una cinta que se parece bastante a las películas de gran presupuesto de Cruise, antes de trastocar todo y dejar paso para la cinta menos seria de Cruise que nos había faltado.

Considerando esto, resulta ser un vehículo muy bueno para el actor, con el que regresa a una cabina de avión 31 años después de “Top Gun”, y nos recuerda simultáneamente de su carisma natural de actor de cine al tiempo que lo deconstruye sutilmente.

Doug Liman, el director de “American Made”, ha demostrado tener un talento raro para unir a actores súper famosos en caleidoscopios cinéticos.

Lo hizo con Brad Pitt y Angelina Jolie en “Mr. & Mrs. Smith”, con Matt Damon en “Bourne Identity” y en su más reciente película con Cruise, “Edge of Tomorrow”, una historia de ciencia ficción de comprobó esta máxima: No se puede matar a Cruise.

En “American Made”, una historia vagamente apegada a la verdad que se desarrolla a finales de los 70 y comienzos de los 80, Cruise interpreta a Barry Seal, un piloto de la extinta aerolínea TWA cuyo contrabando de puros cubanos llama la atención de la CIA.

Un policía llamado Shafer (Domhnall Gleeson) se acerca a él y le ofrece un trabajo en el que tomará fotos para inteligencia y hará pagos a personas como el dictador panameño Manuel Noriega. “Estamos construyendo países ahí abajo”, dice Shafer embelesado.

Seal, viendo su avión y dispuesto a apagar para siempre el botón de “autopiloto”, aprovecha la oportunidad y no deja de tentar su buena suerte. “Tiendo a decir que sí antes de ver las cosas”, dice en un diario en video que aparece ocasionalmente en la película. “Quizá debí hacer más preguntas”.

Despreocupado, casi encantadoramente ignorante de los peligros y del terreno de cuestionable ética en el que se está metiendo, Seal empieza pronto a traficar enormes cantidades de cocaína de regreso a Arkansas para el Cartel de Medellín encabezado por Pablo Escobar.

Las cosas se ponen difíciles rápidamente a ambos lados de la ley. Seal y su familia (incluyendo a su esposa interpretada por Sarah Wright Olsen), tienen más dinero del que pueden gastar.

Se quedan sin armarios o agujeros en el jardín para esconder el dinero que les llega.

Las misiones de la CIA se vuelven más audaces también.

Seal se convierte en exportador clandestino de AK-47 para los Contras nicaragüenses, mismos que transporta a Arkansas para que reciban entrenamiento en una base militar. Seal los saluda relajado: “¡Hola, amigos!”.

Todo se convierte en un ciclo cada vez más absurdo de drogas, armas y dinero supuestamente para luchar contra “los enemigos de la democracia”.

Las ironías también son grandes, y llegan a su máximo cuando Nancy Reagan impulsa la guerra contra las drogas y pide a la gente decir “no”, mientras los esfuerzos de su esposo para armar en secreto a guerrilleros impulsan a uno de los carteles más poderosos del mundo.

Al igual que varias películas recientes como “War Dogs” y “War Machine”, ”American Made” es una farsa a las ambiciones internacionales de Estados Unidos salidas de control.

Aquí se presentan los resultados cómicos y a menor escala de políticas mal ideadas desde la parte más alta del comando.

Por cierto que presidentes como Jimmy Carter y el gobernador de Arkansas Bill Clinton tienen cameos en “American Made”.

La cinta es un homenaje y una burla al oportunismo estadounidense ante las decisiones despreocupadas de políticos, que tan fácil y tan apabullantemente benefician (hasta cierto punto) a un piloto que busca emociones extremas y no puede decir que no.

El punto álgido llega cuando Seal, que escapa de la DEA, aterriza de emergencia en un suburbio y escapa en la bicicleta de un niño, todo mientras está bañado en cocaína. Por fin un método diferente y raro de escape para Cruise.

“American Made”, escrita por Gary Spinelli, ha embellecido la historia, por supuesto. La vida de Seal no fue tan brillante como la interpreta Cruise.

Pero de todas formas ¿cuál vida lo es?

“American Made”, de Universal Pictures, tiene una clasificación R (requiere que los menores de 17 años vayan acompañados por un tutor en Estados Unidos), por “su lenguaje así como algunas escenas sexuales y desnudos”.

La calificamos con tres estrellas de cuatro. (AP)

Reseña: “Kingsman: The Golden Circle” padece de secuelitis

Por MARK KENNEDY

En la primera película sobre un grupo de espías secretos conocido como Kingsman, aprendimos que van bien vestidos y arreglados. En la segunda película hay un toque diferente, un poco más desesperado.

“Kingsman: The Golden Circle” llega tres años después de la primera entrega de la serie dirigida por Matthew Vaughn pero prepara mal el terreno para la tercera película. La nueva cinta es una historia demasiado larga y elaborada y carece de la emoción de su predecesora. Ni siquiera un raro cameo de Elton John, con todo y sus plumas y joyas, puede salvarla.

Por si alguien necesita un recordatorio, las películas de Kingsman están basadas en una serie de comics de Mark Millar y Dave Gibbons sobre un grupo de élite de espías británicos que combina su amor por los trajes hechos a la medida con la letalidad de James Bond. Se divierten en una sastrería de Saville Row, toman té, pueden usar dispositivos como los del agente 007 y salvar el mundo en secreto.

La primera entrega presentó a Eggsy (Taron Egerton), un chico de clase trabajadora y potencial recluta que es defendido por el líder de los Kingsman, Colin Firth, pese a su rudeza y su mala educación. Demostró su entereza al frustrar un plan diabólico ideado por un millonario empresario del internet interpretado por Samuel L. Jackson.

El encanto de la primera película yacía en que hacía homenaje a las películas de espías al tiempo que se burlaba de ellas. Tenía un extraño sentido del humor autoconsciente, además de secuencias de acción absolutamente sorprendentes: cámaras que daban giros de 360 grados, atractivas tomas en cámara lenta y coreografías de combate acrobáticas. El humor se desgastó en la segunda, incluso pese a la espectacular cinematografía. La música es muy buena también, desde “Let’s Go Crazy” de Prince a “Take Me Home, Country Roads” de John Denver como un emocionante himno.

En la secuela, la sede de los Kingsman está bajo ataque y los sobrevivientes se ven obligados a escapar con sus lejanos primos estadounidenses, Statesman, una agencia de espionaje similar escondida en una destiladora de whisky en Kentucky. Firth está de regreso y se le extraña mucho como líder de los Kingsman. El problema es que lo vimos morir en la primera película y el que resucite en la segunda no es convincente.

El fuerte Egerton y el excelente Mark Strong regresan como Kingsmen, mientras que Julianne Moore asume el papel de villana como una narcotraficante a la que le encantan las cenas a la antigua. Demuestra ser deliciosamente exagerada en su ferocidad controlada. Si te cruzas con ella terminarás en una moledora de carne y ¡podría comerte en una hamburguesa!

Del lado de los yanquis, Channing Tatum se suma como un atractivo visual, pero no está en la mayor parte de la película. Halle Berry, en tanto, luce tan apagada que parece estar en otro proyecto por completo, uno silencioso e introspectivo.

Puede que Jeff Bridges, como líder del equipo estadounidense, haya firmado contrato tan solo por el whisky. Pedro Pascal, con sombrero de vaquero y bigote, interpreta su papel de espía misógino como si fuera un miembro de “Anchorman”. Y ya que hablamos del elenco, ¿por qué hay tantos perros en la película? DEMASIADOS perros: cachorros, perros viejos, de peluche e incluso robóticos.

Si para la primera cinta logró su encanto al demostrar que la crianza no determina la gallardía, a la segunda película le falta esa premisa. La división de estilos entre espías estadounidenses y británicos es rápidamente abandonada y por momentos un duro debate sobre la guerra contra las drogas lleva el filme en una dirección más oscura.

Elton John le da la necesitada dosis de ligereza como un rehén obligado a entretener a sus captores, quienes usan unos feroces perros robot llamados Bennie y Jet. Su canción “Saturday Night’s Alright (For Fighting)” se usa a la perfección durante una agradable secuencia de pelea.

Pero en general esta secuela sufre de secuelitis, una película de gran presupuesto que va de las montañas italianas a la jungla camboyana pero sin la chispa de su predecesora. Los mejores momentos son cuando rinde homenaje a la primera película. Los peores cuando se toma demasiado en serio a sí misma y cae en la trampa de las cintas de espías a las que trata de parodiar.

Pero para ser honestos, al tratarse de una película que se basa en el proverbio que dice que “los modales hacen al hombre”, pero podemos decir: “Mala suerte, viejos trucos. Mejor suerte para la próxima”.

“Kingsman: The Golden Circle” de Twentieth Century Fox tiene una clasificación R en Estados Unidos, que requiere que los menores de 17 años vayan acompañados de un adulto, por su lenguaje y escenas violentas. The Associated Press le otorga dos estrellas de cuatro. (AP)