El rostro doliente del cine mexicano

Sergio Raúl López

La creciente espiral de violencia y crímenes que asuela a México desde hace, al menos, tres lustros ha afectado a la sociedad en su conjunto, por lo que encontramos casos de todo tipo y clase, tanto tumultuarios como solitarios, por todas las regiones de la República.

 

Distanciamiento de las productoras

Y basta echar un somero vistazo al ámbito de la producción cinematográfica para constatar que hay casos bastante notorios en un gremio que no está exento de abonar a los listados de víctimas.
     

El asesinato del cinefotógrafo chiapaneco Érick Castillo Sánchez (1972-2019), en un pequeño poblado de la carretera a Barra Vieja, en Acapulco, el pasado miércoles 11 de septiembre, es el más reciente de estos episodios negros en el cine mexicano que van sumándose a un morboso listado y que nos reafirman una verdad terrible: la inseguridad y la impunidad recorren amplia y tenebrosamente a todas las clases, profesiones y regiones del país en múltiples maneras.
     

Bien sean estudiantes concluyendo un cortometraje, técnicos que recorren las carreteras del país en busca de locaciones, productores víctimas de su propia familia, protagonistas de documentales o, como en este caso, vacacionistas en manos de la delincuencia local, todas esas historias nos lastiman como sociedad, pero con una consecuencia extra: hacen repensar a las grandes casas productoras internacionales, aunque también a las nacionales, la posibilidad de mudar sus filmaciones a otros países.
     

Porque el hecho de que grandes producciones de proyección internacional hayan sido filmadas en nuestro territorio implica un retorno, sí, de las grandes producciones que solían realizarse en décadas pasadas en Durango —desde Los que no perdonan de John Huston o Bandidas con Salma Hayek y Penélope Cruz—, en los Estudios Churubusco —Dunas, de David Lynch o Romeo + Julieta de Baz Luhrman— e incluso en los Baja Studios —una historia que va desde el Titanic de Cameron al Todo está perdidoprotagonizada por Robert Redford.
     

Así se trate de fragmentos como ocurre con 007: Spectre (Reino Unido-Estados Unidos, 2015, de Sam Mendes) y Godzilla II: Rey de los Monstruos (Estados Unidos-Japón-Canadá, 2019, de Michael Dougherty), que utilizaron el Centro Histórico de la Ciudad de México como locación, y destaque, claro está, Roma(Estados Unidos-México, 2018), de Alfonso Cuarón, filmada con un equipo de especialistas mexicanos, actores y técnicos, si bien su corte final fue terminado en Los Ángeles y Londres, y que destacara en la pasada entrega de los premios de la Academia de Hollywood, los Oscar.

Casos sin resolver

Aunque ya hay incluso un detenido —Miguel Ángel “N”, en Chilpancingo, tras un escarceo— por la muerte de Érick Castillo, colaborador de Discovery Networks Latinoamérica, y la versión de la Fiscalía General de Guerrero de que ocurrió en la colonia Bonfil debido a un asalto al que se resistió, la Asociación de Periodistas Desplazados y Agredidos pide que los tres niveles de gobierno se unan en la investigación de lo que les parece un homicidio “planificado” y “focalizado” y exige que se incluya el testimonio de su esposa, sobreviviente al ataque, Estefanía Carpio Ávila.
     

Justo dos años antes, en una coincidencia más que macabra, el lunes 11 de septiembre, ocurrió otro crimen en la zona limítrofe entre el Estado de México e Hidalgo. En un camino de terracería del poblado de San Pablo Actopan, en el municipio mexiquense de Temascalapa, el poblano Carlos Muñoz fue hallado al interior de su auto que chocó y se incrustó en una nopalera, con varios disparos en el cuerpo. El especialista que laboró en filmes como Hombre en llamas (Man on Fire, Estados Unidos-Reino Unido-México-Suiza, 2004) de Tony Scott, Apocalypto (Estados Unidos, 2006) de Mel Gibson o en la ya citada 007: Spectre, trabajaba en la zona tomando fotografías en la búsqueda de sitios donde filmar la versión local de la serie Narcos: México, producida por Netflix, y de la que era gerente de locaciones.
     

No hubo testigos ni de la obvia persecución que sufrió ni del ataque armado, pues avanzaba por un camino de terracería. Su caso continúa abierto e impune.

Los estudiantes desaparecidos

El mes de marzo es especialmente cinematográfico en la capital de Jalisco, pues durante ocho días se celebra el Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG), probablemente el más grande de México, que se realizó entre el 9 y el 16 de marzo. Justo en el fin de semana en que finalizó, media docena de estudiantes de la Universidad de Medios Audiovisuales (caav) realizaba un trabajo escolar, en el fraccionamiento Colinas de Tonalá, como parte de sus estudios en esta escuela privada, creada en 1995.
     

Pero al terminar la filmación del lunes 19 de marzo, mientras circulaban por Periférico y la calle Colina Central, en Tonalá, fueron interceptados por un comando armado y tres de ellos fueron secuestrados: Javier Salomón Aceves Gastélum, de 25 años, originario de Mexicali; Daniel Díaz, de 20 años, originario de Tepic, y Marco Ávalos, de 20 años, proveniente de Los Cabos. Desde entonces no han sido localizados.
     

La versión de la Fiscalía General de Jalisco es que una banda que hacía vigilancia para un cártel local, en un taller de laminado y pintura, fue la que secuestró, asesinó y disolvió en ácido a los tres aspirantes a cineastas al confundirlos con miembros de un grupo rival. Con el cambio de gobierno estatal, la investigación se reabrió y las pesquisas fueron atraídas por la Fiscalía General de la República para investigar de nuevo el episodio debido a las inconsistencias presentadas.
     

El caso ha movilizado a la sociedad de aquella urbe, especialmente a la estudiantil, que ha organizado numerosas marchas, rebautizó a la Glorieta de los Niños Héroes como “Glorieta de las y los Desaparecidos”, el escultor Alfredo López Casanova intervino una de sus obras: la estatua de Fray Antonio Alcalde, en el Paseo del Alcalde, para añadirle frases como “No son 3 somos todxs” y “Vivos los llevaron, vivos los queremos”, entre muchas otras acciones en que se exige justicia y la incansable labor de sus madres y de organismos como la Federación de Estudiantes Universitarios. Además, han recibido apoyo moral de organismos como la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas o la Filmoteca de la Universidad de Guadalajara.
     

(El escultor López Casanova en la capital del país ha colaborado en varios antimonumentos como el de los 43 normalistas de Ayotzinapa y el de los niños de la Guardería ABC, sobre la Avenida Reforma.)

Descomposición social

Además de estos asesinatos, circulan distintas especies en torno a algunos asaltos que han ocurrido en ciertas filmaciones. La más emblemática de todas, precisamente porque fue la inspiración para el plano secuencia inicial de Días de gracia(México, 2011), de Everardo Gout, una película que denuncia la descomposición moral y gradual corrupción de un policía, que se relata durante tres copas mundiales de futbol organizadas por la FIFA.
     

Cuando el director y el cinefotógrafo Luis Sansans filmaban un comercial muy cerca de Periférico norte, justo en la frontera entre el Estado de México y la Ciudad de México, una zona con altos índices de delincuencia, un comando armado con fusiles AK-47 y Uzi secuestró a todo el equipo de manera violenta y fueron perseguidos voluntariosamente por una patrulla durante 40 minutos en el pesado tráfico de la zona con los viejos rifles M14. Al final, los criminales abandonaron al crewen un multifamiliar y, aunque se robaron las carteras y los teléfonos de todos ellos, no lograron hacerse del costoso equipo cinematográfico.
     

Empero, el miedo y la zozobra que ha contagiado a la sociedad mexicana toda, existe también en el medio cinematográfico, una industria que el año pasado produjo 186 películas, la cifra más alta de la historia, además de las series televisivas y para plataformas, y una gran cantidad de obras en un país en el que el lenguaje audiovisual es la aspiración de muchos jóvenes. Y esas son las condiciones y los riesgos en los que han de laborar.
     

Recuerdo muy vívidamente la cara aterida y nerviosa de la productora Adriana Rosique una mañana de septiembre de 2016. Su esposo y socio fílmico León Serment había sido asesinado unos pocos días antes, el 29 de agosto, cerca de su propio domicilio en la colonia Merced Gómez de la Ciudad de México, en circunstancias sospechosas y terribles, luego de recibir 46 puñaladas aparentemente por un asalto, del que su hijo salió ligeramente herido.
     

En esa ocasión, al finalizar la conferencia de prensa del Festival Colima de Cine ocurrida en el restaurante El Lago de Chapultepec durante la mañana del 12 de septiembre de 2016, charlé con ella, aún incrédula y profundamente dolida por la muerte de su compañero, con el que produjo cintas como Kada kien su karma(México, 2008), El efecto Tequila (México, 2010) y estaban por terminar un documental rodado en Brasil: Los hijos de la ruta, que permanece inconcluso.
     

—No quiero ni pensar en quien lo hizo, porque me dolería mucho. Y me da miedo, mucho miedo.
      Ya no pude cruzar más palabras con ella. Apareció colgada en su propia casa, por un aparente suicido. En enero del año siguiente la procuraduría capitalina informó que los asesinos habían sido contratados por el hijo de ambos: Juan Benjamín, luego de rastrear sus llamadas y mensajes, sus rutas, así como las de su novia y dos cómplices, en un intento por cobrar los seguros de vida de ambos. El parricida cumple una sentencia de 33 años desde entonces, al igual que sus cómplices, también encarcelados.
     

Y todos estos casos podrían sintetizarse en ese rostro frágil, asustado, no sólo por un crimen sino, pienso ahora, por el tipo de violencia, de abusos, de impunidad que hemos vivido en estos años. En este país de madres que rastrean a sus hijos desaparecidos, de profesionales que son perseguidos por células que controlan territorios, de aparentes asaltos que podrían ocultar una verdad aún más grave o, incluso, de familiares insensibles e irrespetuosos por la vida de sus parientes, hallamos también una terrible radiografía de la descomposición social. Un país doliente. Un rostro que sigue quemando, que duele, que no se olvida. (NTX)

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