Herman Melville y el origen de su épica

Cuando Herman Melville (1819-1891) escribió Moby Dick, lejos estaba de pensar en convertirse en un clásico de la literatura en su país y mucho menos a nivel universal; tampoco que sentaría las bases de la novela moderna estadunidense, a partir de una mezcla de vitalismo y cultura literaria pocas veces vista y casi nunca replicada; el público no lo favoreció de inmediato y la crítica lo llegó a tildar de mediocre, sin embargo, el tiempo le hizo justicia y le dio su lugar en la historia.

Su obra, conformada también por poesía y ensayo, lo convirtió en un autor fundamental de la literatura moderna y, en particular, de la escrita en lengua inglesa; un escritor que entre sus aciertos tuvo el de construir personajes que se fijan en la memoria de las generaciones, y un hombre indisolublemente ligado a su obra cumbre: Moby Dick (1851), publicada cuando apenas tenía 32 años de edad.

Melville nació en Nueva York, el 1 de agosto de 1819; era el segundo de tres hermanos, hijo de un importador de productos europeos que vino a menos y que moriría en circunstancias poco claras cuando Herman tenía apenas 14 años. Cuentan que el suceso obligó a la familia a mudarse a Albany y a los hijos mayores a trabajar para sacar adelante el hogar.

Se sabe que Herman fue empleado de un banco e incluso maestro rural, dado que aun sin estudios oficiales tenía una amplia cultura. En medio de ello, desempeñó diversos oficios hasta los 18 años, cuando decidió hacerse a la mar en una embarcación mixta (de pasajeros y de carga), en una experiencia que podría considerarse común a los jóvenes de la época, ávidos de aventura.

Su primera travesía fue al puerto de Liverpool, del que regresó para buscar en vano una actividad que lo complaciera en tierra; luego se volvió a embarcar en un ballenero donde permaneció año y medio hasta que desertó y cayó en manos de una tribu caníbal que lo vendió a otro ballenero, para entonces continuar su viaje por las islas del archipiélago, hasta que se enroló en una fragata de la marina de su país, en la que regresó a Boston en 1844. Casi cuatro años después de iniciada la aventura.

De vuelta a tierra firme y desempleado, decidió sacar provecho a sus aventuras y de ahí surgió Typee, un libro que le dio fama inmediata e ingresos. Vendrían luego Omoo y Mardi, sobre los Mares del Sur, pero su estilo alegórico y muy enciclopédico no lo ayudó con la crítica.

Su fracaso lo llevó a colaborar en una revista literaria y a devorar variedad de libros, especialmente la Biblia y los de William Shakespeare, lecturas que habrían de reflejarse en sus siguientes libros, en especial Moby Dick, que escribió entre 1850 y 1851, tras un viaje a Inglaterra, y que narra la historia del barco ballenero Pequod y la autodestructiva obsesión del capitán Ahab por matar un cachalote blanco. Ese aparentemente simple argumento habría de esconder una gran metáfora sobre el mundo y la naturaleza humana, al abordar la incesante búsqueda del absoluto que siempre se escapa y la dualidad del bien y el mal presente en el hombre de todos los tiempos.

MOBY DICK, LA CONSTRUCCION DE LA INMORTALIDAD

Para el narrador y ensayista mexicano Héctor Orestes Aguilar, Herman Melville es uno de los grandes autores de la prosa en inglés a quien no se le puede escatimar mérito alguno, porque si bien Moby Dick le ha dado una estatura mítica, es el conjunto de su obra lo que lo ha colocado junto con Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne y James Fenimore Cooper, en un lugar fundacional de las letras estadounidenses.

Hay que decir que, sin duda, es la primera gran novela norteamericana en términos de un proyecto narrativo moderno, de un autor que se conserva muy enraizado a ciertos rasgos decimonónicos, a tradiciones del naturalismo narrativo y del romanticismo poético del siglo XVIII, que en él no tienen una ruptura sino más bien una síntesis, explica el ex diplomático en charla con Litoral.

En este libro, Melville vertió toda su inteligencia, su fuerza, su energía como escritor y tiene méritos invaluables, uno de ellos, quizá el más comentado y elogiado, es el de ser un punto de encuentro entre la tradición bíblica y la tensión shakespeariana y la gran obra en lengua inglesa, y ser el punto en el que convergen William Shakespeare y la Biblia es un milagro que no volverá a repetirse, al menos de la misma manera.

Es cierto, acota, que la novela puede tener imperfecciones, porque él no era un lector sistemático, escrupuloso ni puntilloso; no planeaba sus obras a la perfección, porque había sido marinero y cuando escribe su obra la mayor parte de su vida la había pasado como un hombre de acción, por eso no busca una perfección estética. Pueden encontrarse detalles menores, sin embargo, no representan un obstáculo para el disfrute ni van en detrimento de la calidad épica de la novela.

ESTILO E INFLUENCIAS

Además de ser un autor que abreva mucho de la Biblia y de obras de William Shakespeare, como La Tempestad (representada por primera vez en 1611), sus influencias decisivas son dos grandes plumas, la de James Fenimore Cooper (1789-1851), novelista estadounidense que destacó por sus populares novelas de aventuras, entre ellas El último mohicano (1826), y de quien adoptó el espíritu épico, y la de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), prolífico autor de historias que se movieron entre la ficción gótica y el romanticismo oscuro, y de quien admiró su capacidad para construir alegorías. Y son ambas características, el espíritu aventurero y sus alegorías lo que ha hecho que Moby Dick resista el paso del tiempo y siga siendo un clásico de la narrativa de aventuras, disfrutable y placentera, en cualquier época de la vida que se lea.

Pese a su volumen, se trata de una novela cuya “dificultad” no rebasa las primeras 30 páginas, después avanza con mucha fluidez por la singular forma con la que aborda sus temas, ya que no se circunscribe a los llamados grandes tópicos de la literatura: el amor, la vida y la muerte, sino que va tras una serie de pulsiones humanas irrenunciables, que en Moby Dick serían la búsqueda incesante de lo épico y el deseo de venganza.

Su lenguaje es vital, el de un hombre guiado más por la acción directa que por las lecturas, pero en una extraña combinación de vitalidad y cultura literaria que se ha dado en muy pocos casos dentro de la literatura universal pues, para Héctor Orestes Aguilar, sólo autores como Joseph Conrad, Charles Dickens y en algún momento León Tolstoi podrían haber estado a la par en términos de vitalismo y cultura literaria en la forma que lo hace Melville.

No es de sorprender que siendo un autor tan potente, no sólo permeara a otros escritores, sino que su influencia se extendiera más allá del campo literario y se diseminara por toda la cultura estadounidense, porque uno pensaría que solamente quienes quisieran hacer sagas de aventuras se sintieran atraídos por Melville, pero no, pues tiene diferentes niveles de influencia, por ejemplo, libros como Tahití, que es sobre canibalismo, influyó grandemente en Truman Capote, asegura Aguilar, quien también se refiere al poeta y ensayista norteamericano Charles Olson (1910-1970), autor del ensayo Llámame Ismael (1947), y quien muchos años después recuperara en sus poemas el aliento épico de Melville.

En español, la admiración por Melville puede apreciarse en dos autores mexicanos y uno español, todos contemporáneos y vivos: Vicente Quirarte, un gran conocedor de la obra de Melville, quien ha escrito mucho sobre este tipo de autores con una gran carga épica y conoce muy bien el entorno cultural en el cual desarrolló su obra, y José Luis Ribas, un poeta y marino marcado por la obra Melville. El tercero es Enrique Vila-Matas, quien se ha ocupado de desentrañar el legado de Bartleby (El escribiente, 1863) e incluso tiene un libro muy importante que es Bartleby y compañía (2006), que se acerca al escritor que deja de escribir y no quiere avanzar más, con una genealogía literaria y cultural.

Su influencia resulta muy vasta porque prácticamente impregnó a la sociedad norteamericana del último cuarto del siglo XIX y muy profundamente del siglo XX, y aun permea en el americano profundo, aventurero de hoy, porque es un autor que se sigue leyendo en todas las lenguas y tiene muchos ángulos de incidencia, como da cuenta Olson. No obstante, curiosamente Melville murió en el olvido en 1891.

El LEGADO

Su legado entonces puede apreciarse en un amplio horizonte y si en él sobresale Moby Dick es porque allí fue donde más se afinó el sentido épico de las narraciones de Melville; es la obra que fue creada con mayor eficiencia, por decir lo menos, soportada por personajes de la estatura épica y alegórica de Ismael y Ahab, que tienen una vigencia permanente en la memoria de los lectores.

Otro escritor cercano en ese sentido a Melville sería Josep Conrad, quien también tiene personajes fuera de serie, con estatura épica inolvidable, como los de El corazón de las tinieblas (1899), pero creo que en la literatura de Estados Unidos no volvió a surgir quien escribiera novelas con la capacidad de síntesis de Moby Dick, aunque curiosamente sus símiles sean poemas como Omeros, del Premio Nobel de Literatura 1992, Derek Walcott, o el británico de origen indio V. S. Naipaul, pero ninguno con la potencia narrativa en la experiencia vital que impulsa; tampoco se ve a ningún escritor que haya conjugado el juvenilismo con referencias literarias, que son pocas, pero fundamentales, de La Biblia y Shakespeare.

“La novela surge en un momento importante en la constitución de los Estados Unidos de América, en medio de una cultura en construcción, que está diferenciándose de otras partes de occidente de una manera acelerada y consciente, y aunque no sea evidente, hay un acento nacionalista en lo que está pasando en la obra de Melville, por eso sigue siendo referencia obligada para los escolares de la Unión Americana, por ser una piedra angular en la construcción de la identidad americana, aunque en su momento surge como algo que no estaba ajustado a su tiempo, es una aparición, es un milagro para el que no estaba preparado ni el público ni la crítica, pero que hoy es un clásico indiscutible de todos los tiempos”, concluye quien fuera agregado cultural en las embajadas de México en Austria, Eslovaquia, Eslovenia, Hungría, Bulgaria, Croacia y Uruguay.

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