Crítica: El hombre que mató a Don Quijote

CANNES 2018: La esperada aproximación de Terry Gilliam al universo de la más famosa creación de Miguel de Cervantes está plagada de sus delirantes señas de identidad

Todo el mundo conoce la accidentada odisea de la gestación de esta película, así que su propio director, Terry Gilliam avisa con un rótulo al comienzo de El hombre que mató a Don Quijote de que, por fin, tras más de dos décadas esperando, vamos a disfrutar de su personal acercamiento a la novela española más célebre de todos los tiempos, surgida de la pluma y la mente de Miguel de Cervantes Saavedra.

Habría que preguntarle al propio Gilliam si ha incorporado los sinsabores personales de la eterna elaboración de El hombre… en el guion final que se ha podido ver en la clausura del 71º Festival de Cannes, pues su trama, que transcurre dentro de un rodaje -de la filmación de una versión de Don Quijote de la Mancha- destila nostalgia, crítica hacia los productores (no faltan ni los rusos ni los chinos), giros impensables y ciertos elementos biográficos.

El protagonista, encarnado por el estadounidense Adam Driver, sin ir más lejos, es ese cineasta que verá cómo varios elementos –reales e imaginarios, controlables o no- impiden que su proyecto fílmico termine de materializarse.

El resto del film, con argumento de Gilliam y Tony Grisoni (colaboradores ya en Tideland), seguirá la peripecia de ese director que descubre algo que le retrotrae a su anterior intento de hacer la misma película: sus pasos le conducirán a encontrarse a aquel hombre que, como Albert Serra en Honor de caballería, reclutó de entre la gente del pueblo llano para encarnar con veraz realismo manchego al ingenioso hidalgo (interpretado aquí por el galés Jonathan Pryce, protagonista de aquella inolvidable Brazil, que también tenía algo de quijotesca).

Y ahí entrará en una espiral delirante, genuinamente Gilliam, donde la realidad se confundirá con la ficción, la locura con la inteligencia, y el frenesí con el disparate.

Irregular pero con momentos fascinantes, enloquecida y fantasiosa como todo el cine del director de El imaginario del doctor Parnassus, El hombre que mató a Don Quijote –título que contiene un spoiler tan grande como un molino de viento- fascinará a los fans del director norteamericano y aburrirá o incluso irritará con sus excesos gran guiñolescos a los espectadores más dubitativos, pero demuestra que Gilliam, a sus 77 años, se mantiene en traviesa forma y sigue construyendo universos únicos, divertidos, grotescos e irrepetibles.

Al final, la película, rodada en majestuosos escenarios históricos y naturales de la península ibérica y las islas Canarias, además de estar dedicada a los dos actores que previamente intentaron encarnar a don Quijote a sus órdenes (John Hurt y Jean Rochefort), se erige en una oda a la inconsciencia necesaria para vivir, para crear y, sobre todo, para hacer cine. Terry Gilliam lo sabe de sobra y lo demuestra felizmente en esta película festiva, arriesgada, temeraria, batalladora y casi testamentaria.

El hombre que mató a Don Quijote, con banda sonora compuesta por Roque Baños y dirección de fotografía de Nicola Pecorini, es una producción europea entre España, Portugal, Reino Unido y Francia de las compañías Tornasol Films, Kinology, Entre Chien et Loup, Ukbar Filmes, El hombre que mató a Don Quijote AIE y Carisco Producciones AIE. De sus ventas se encarga la agencia gala Kinology y se estrenará en España, distribuida por Warner Bros., el próximo 1 de junio. (Cineuropa)

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