Eusebio Ruvalcaba, a un año de su partida

Eusebio Ruvalcaba (4 de septiembre de 1951-7 de febrero de 2017), narrador, poeta, ensayista y dramaturgo nacido y muerto en la Ciudad de México, escribía como bebía.

Conocedores de su vida y obra, alcances literarios y talentos diversos, Jaime Aljure, Enrique González Rojo Arthur y Vicente Quirarte y Jorge Arturo Borja, fueron convocados a la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes para hablar del homenajeado.

Para Vicente Quirarte “Ruvalcaba fue un escritor grande porque a todos nos hizo grandes, y escribió y publicó mucho, pero su cantidad era semejante a su intensidad; Nos hace falta él y su obra. Escribía como respiraba y como bebía, y fue capaz de hacernos subir al cielo o descender hasta los infiernos como lo demuestra en sus obras literarias y sobre música”.

Recuaerda a “Primero la A” (1997), “Las cuarentonas” (1998), “Con los oídos abiertos” (2001), “Diccionario inofensivo” (2001), “Chavos: fajen, no estudien” (2003), “Una cerveza llamada derrota” (2007) y “El arte de mentir”, ensayos que dieron a ese escritor respeto y un lugar preponderante dentro de ese género literario en México.

Al ser un gran melómano, Ruvalcaba mezclaba con maestría sus pasiones: la literatura y la música. “Fue gran promotor de la música en la literatura. Siempre escribía oyendo música clásica. Deja un hueco en su magisterio porque daba talleres de creación literaria y apreciación musical”, recuerda por su parte Jorge Arturo Borja.

Ruvalcaba dejó un hueco en sus amistades, que son muchas y variadas, así como en la literatura mexicana, porque fue un autor realista, el máximo exponente del realismo crudo nacional, que publicó más de 60 libros, y cita una lista de títulos que el autor dejó para la posteridad.

Entre ellos los libros de cuentos “¿Nunca te amarraron las manos de chiquito?” (1990), “Cuentos eróticos mexicanos” (1995), “Cuentos pétreos” (1995), “Clint Eastwood, hazme el amor” (1996), “Memorias de un liguero” (1997), “Amaranta o el corazón de la noche” (2000), “Desde el umbral. Antología personal” (2002) y “El despojo soy yo” (2004), entre otros.

También, “Por el puro morbo” (2004), “El sol le hace daño a los ancianos” (2006) y “Al servicio de la música” (2007).

Así como cultivó el cuento incursionó en la crónica, cosechando igualmente grandes elogios con “Chiapas te extraña” (coordinador, 1999) y “Higinio Ruvalcaba, violinista. Una aproximación” (Memorias Mexicanas, 2003).

Los expertos consideran que Ruvalcaba fue admirador de los músicos Brahms y Beethoven, gran lector de José Revueltas y de los clásicos de la literatura rusa. Escribió poesía, cuento y novela por ser dueño de una gran imaginación, desbordada y “perfectamente aplicada a los distintos géneros que escribía”.

Sobre su forma de escribir, Borja señaló que fue “puntual y muy punzante para sus cuentos breves, panorámica y secuencial para sus novelas. En su caso la imaginación era un estilete que le servía para penetrar hasta el hueso de la realidad”. En aforismos publicó “Heridas sin sutura” (2002) y en materia epistolar “El hombre empuja al hombre” (2003).

Eusebio Ruvalcaba dedicó sus letras a retratar los lugares más recónditos de la ciudad y a describir las sensaciones que produce escuchar una sonata de Bach, subrayó Quirarte, quien menciona entre sus novelas “Un hilito de sangre” (1991, 1994, 2001), “Músico de cortesanas” (1993), “Desde la tersa noche” (1994) y “El portador de la fe” (1994), y otras.

En poesía, vinieron a la memoria los títulos “Atmósfera de fieras” (1977), “Homenaje a la mentira” (1982), “Gritos desde la negra oscuridad y otros poemas místicos” (1993), “En la dulce lejanía del cuerpo” (1996), “El diablo no quedó defraudado” (2000), “Jugo de luz” (2000), “Poemas de un oficinista” (2001) y “El frágil latido del corazón de un hombre” (2006).

Coordinó antologías, escribió teatro, y literatura infantil. Es vasta y variada su producción literaria. “Fue un polígrafo que entre sus temas estaba el padre, los perros, el alcohol, las mujeres y la música, en suma, la vida misma”, apunta Borja, reflexión aprobada por el público que fue llenando la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. (NTX)

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