Blade Runner: el cielo, el infierno y la desobediencia

 

 

Por: Víctor De Lucio

@elipsigrafo

 

 

 

Dedicado a César Castruita†,

por todas las películas, música y lecturas que compartiste.

 

 

 

“All barriers fall around us as we hear /

Of memories known and matters long ago, / so clear”

Vangelis & Jon Anderson

En 1975 el compositor e intérprete griego Vangelis lanzó su álbum Heaven and Hell, el inicio de su sonido de orquesta electrónica que lo caracterizaría en adelante y donde se recrea musicalmente la dualidad entre el cielo y el infierno, la melodía suave y la melodía estruendosa que se puede apreciar en la vida, no necesariamente ante un axioma maniqueo. No sorprende entonces que un fragmento de esta composición fuera usado para musicalizar la serie Cosmos (Malone et.al., 1980), donde convivían contenidos sobre ciencia, la existencia y el sentido humano; tampoco sorprende que, casi un par de años después, Vangelis musicalizara Blade Runner (Scott, 1982).

Ahora con Blade Runner: 2049 (Villeneuve, 2017) podemos atrevernos a interpretar otra dualidad al retomar algunos elementos específicos de esta nueva cinta y observarlos junto con otros similares en la original Blade Runner: una vez más el cielo, el infierno y el ser humano y sus creaciones, tan especializadas en la desobediencia, quién sabe por qué tantos factores, y tan recurrente en la ficción científica llevada a las pantallas, como Zardoz (Boorman, 1974), Caprica (Nankin et. al., 2009-2010) o la reciente Westworld (Nolan et. al., 2016).

Recordemos que, en Blade Runner, un grupo insurrecto de replicantes Nexus 6, liderados por Roy Batty (Rutger Hauer), están en busca de su creador para resolver sus dudas existenciales y, tras algunas indagatorias, Batty llega ante el Dr. Eldon Tyrell (Joe Turkel). El encuentro se da en la cima de un edificio corporativo con forma piramidal, símbolo de trascendencia y contacto entre lo terrenal y lo sagrado (en culturas egipcia, azteca por mencionar superficialmente un par de ejemplos), cuyos aposentos son un palacete de colores claros y tintineos, adornos, columnas y cortinas tan altas que no se les ve fin ni inicio respectivamente.

Tyrell es quien diseñó a los replicantes con el lema y promesa comercial “más humano que lo humano”, bajo la cual moldeó su mente y sus limitaciones, es la persona que más sabe sobe estos seres sintéticos. En algún momento realizó experimentos para saber si podía revertir su fecha de expiración y al no lograrlo simplemente los dejó así: los creó y los dejó existir, casi sin importar qué hicieran con su tiempo. Al toparse con un creador indiferente para resolver sus plegarias, Batty estalla en ira, asesina a Tyrell y escapa. En aquella película, las acciones de Rick Deckard (Harrison Ford) parecen quedar al margen del pleito entre criaturas y doctores, mientras que un Batty finalmente se redime sin haber vendido su desobediencia.

Ahora, en Blade Runner: 2049, el máximo líder corporativo se llama Niander Wallace (Jared Leto). Su nombre se parece al griego “neander” que significa hombre nuevo, como el nombre del valle de Neander, que fuera llamado así a la memoria del reformista alemán Joachim Neander. En todo caso, nadie anda buscando a Wallace para pedirle explicaciones, por el contrario, pareciera que todas las facciones de personajes en esta cinta buscan alejarse de él.

Wallace habita en la misma pirámide que hospedara a Tyrell, la cual ahora luce apagada desde el exterior, sin el brillo ni la luz de antaño; las habitaciones de Wallace no tienen ventanas ni adornos, pareciera que se encuentran bajo tierra, una especie de caverna minimalista donde apenas si llegara un reflejo de lo que sucede en el exterior; todo el que interactúa con Wallace llega a ese lugar, Wallace no sale de ahí. Wallace, por cierto, está ciego.

Este es un santuario apto para la verborrea de Wallace quien se la pasa monologando sobre sus creaciones, los nuevos Nexus 9, a quienes compara con ángeles por su perfección y los odia, primero por ser y hacer exactamente para lo que fueron programados: sumisos, diligentes, eficientes, no se quejan y si se les persigue no huyen; aunque similar a modelos anteriores, pueden confundirse y pensar que son humanos.

Wallace es entonces un creador rencoroso, que llega a la fama sólo después de los logros de Tyrell cuyos modelos especiales (¿Nexus 7, 8?) ya demostraron su valía y su capacidad disruptiva para ser a final de cuentas “más humanos que lo humano”; y por eso Wallace tiene un segundo motivo para odiarlos aún más y ambicionar su destrucción, como si quisiera terminar de borrar a su antecesor y en el proceso torturar a sus creaciones.

John Milton fue un activista, intelectual y poeta inglés que quedó completamente ciego a los 46 años; según Borges, Milton habría perdido la vista voluntariamente defendiendo la libertad y denostando a la monarquía. Entre 1658 y 1664 Milton dictó su poema épico El Paraíso Perdido, a veces considerado un poema sobre una revolución fallida (la guerra civil inglesa), a veces como una serie de metáforas sobre la humanidad; el inicio del Libro I es muy claro sobre la trama: “De la desobediencia primera del hombre y de la fruta de aquel árbol prohibido cuyo sabor mortal llevó a la muerte al mundo, todas nuestras penas y la pérdida del Edén; hasta que un hombre mejor venga, redima y nos devuelva el sagrado lugar”. Desde aquí surge una figura coincidente, si se quiere, para revisar con el universo de Blade Runner.

Más aún, en El Paraíso Perdido, destaca el tratamiento que da a “el ángel caído”, Satán, quien al ser derrotado y desterrado del cielo es enviado al Infierno (¿otro Tártaro?, ¿otra figura de caverna?), desde donde se dedica a organizar a sus seguidores bajo el emblemático verso: “es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”, en busca de corromper a la Tierra y a la creación favorita de Dios: el hombre. Una de las posibles inspiraciones para crear al personaje de Wallace y alimentar la dualidad entre ambos filmes pudiera ser Milton y dicho poema.

En Blade Runner: 2049, Deckard reaparece, desde un papel secundario, para resolver temas que habían quedado inconclusos dentro de la trama 30 años atrás, por ejemplo, la verdadera trascendencia de sus acciones y su desafío a un statu quo. Por su parte, el nuevo cazador, “K” (Ryan Gosling), es un replicante que, por un camino tortuoso y decisiones propias, termina por rebelarse también en contra de sus superiores y de lo establecido, a pesar de las diversas vendas que lo van cegando sobre su origen y propósito en la Tierra (al estilo de engaños del escritor Philip K. Dick), en medio de una melancolía a momentos patética. Sí, “K” es otro replicante, pero deja claro a través de su desobediencia que es especial, que no existen dos replicantes iguales, así como cada copo de nieve es único, aunque de inicio estos tengan una cantidad similar de moléculas.

No es descabellado decir que ambas películas dialogan mediante sus tramas, en la secuela hay ecos en frases, diálogos y acciones ya existentes desde la primera entrega; a veces como reflejos y a veces como complementos, a veces con sonidos y otro tanto con música, el recuerdo de Vangelis, también del cielo y del infierno. Finalmente, un diálogo; como el de Jesús con Judas cantado por U2: “Waves of regret and waves of joy / I reached out for the one I tried to destroy / You, you said you’d wait / Till the end of the world”.

Fichas.-

 

Título: Blade Runner: 2049.

Director: Denis Villeneuve (EUA, RU, Canadá, 2017).

Guion: Hampton Fancher y Michael Green.

Fotografía: Roger A. Deakins.

Actores: Ryan Gosling; Ana de Armas; Sylvia Hoeks; Jared Leto; Mackenzie Davies; Harrison Ford.

Título: Blade Runner.

Director: Ridley Scott (EUA, Hong Kong, RU, 1982)

Guion: Hampton Fancher y David Peoples.

Fotografía: Jordan Cronenweth.

Actores: Harrison Ford; Rutger Hauer; Sean Young; Joe Turkel; Daryl Hannah; William Sanderson.

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